Era marzo de 2014, tenía ya algún tiempo de haber regresado de mis estudios en los Países Bajos. Y aun cuando ya estaba bien asentado en México de nueva cuenta, tenía la inquietud de adoptar una mascota, ya que durante mi tiempo en Holanda, había fallecido mi perro, un caniche blanco.
Cuando fui por Camila, una perrita de raza pug, no fue muy difícil la elección. Me mostraron dos ejemplares hembras prácticamente idénticas. Sin embargo desde que cruzamos la mirada, mi mascota y yo, de inmediato supe que era ella la elegida.
Cuando íbamos trayecto a mi casa, mi padre quien me acompañó a recoger a mi nueva mascota me preguntó: ¿ya pensaste qué nombre le vas a poner? No dudé en responderle: se llamará Camila. Mucho influyó mi gusto por la canción del mismo nombre de la banda mexicana Fobia.
Camila es muy amigable, se lleva muy bien con mis familiares y seres queridos, y siempre busca acercarse a la gente por una caricia, una palmada en su lomo, y con quienes tiene más confianza, se voltea para que le rasquen su panza.
Camila ha sido muy importante en mi vida. Nuestro lazo se volvió especialmente fuerte durante la pandemia. Ahí pude recuperar un poco el tiempo que no le dediqué en años previos por volcarme al trabajo. Nuestros paseos eran más largos y hasta me saqué algunas fotos con ella, que guardo en mis archivos, y de vez en cuando veo de nuevo.
Hoy Camila tiene más de diez años, y aun cuando afortunadamente ha sido una mascota sin muchos problemas de salud, sé que no falta mucho tiempo para que nos despidamos. Cuando me llegan esos pensamientos no pocas veces procuro bloquearlos. Sin embargo, también sé que todo en la vida, tanto lo bueno como lo malo, es temporal.
Mientras eso pasa, seguiré disfrutando y atesorando la compañía y amistad de Camila: una gran mascota.
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